03.02.20-05.02.20
Seguimos nuestro periplo latinoamericano hacia el sur. Para llegar a Chiloé, nuestro siguiente destino, tenemos que volver a Puerto Varas y coger un autobús hacia Puerto Montt con un coste de 900$. Después en Puerto Montt cogemos un bus hacia Castro a las 14:15, no es muy caro, unos 6000$.
Así pues llegamos a Castro ya entrada la tarde y nos hospedamos en un sitio muy sucio. Había perros que no parecían muy sanos dentro del recinto para acampar y las instalaciones dejaban mucho que desear. Lo único que se salvaba era que la dueña parecía muy buena gente. Nosotros lo cogimos porque es el único camping en el centro. Se llama «Aquicavi Sitio para Acampar» por si pasáis por allí algún día nosotros no lo recomendamos pero nos permitió ver Castro por lo que no estuvo tan mal.
Vimos la Iglesia de San Francisco considerada patrimonio de la humanidad por la Unesco. Es un edificio realizado en madera y muy colorido.

Posteriormente cenamos en un vegetariano original y al día siguiente estábamos listos para ir al Parque Nacional de Chiloé.
El parque nos da la bienvenida con bien de agua. La entrada al parque se encuentra en Cucao y cuesta unas 5 lucas como lo llaman aquí (5000$). Este entorno se caracteriza por el bosque siempreverde que es típico de zonas donde abundan las lluvias, hay mucha humedad y las temperaturas son bajas y estables. Existe una gran variedad de flora como el Coigue de Chiloé y turberas.

La ruta típica de aquí es ir a la playa Cole Cole y luego volver al día siguiente después de pernoctar en la misma. Nosotrxs, al llover tanto, decidimos pasear a través de unos cuantos senderos que tienen por el lugar para completar media jornada del día. Si se tiene suerte, y se lleva lupa, se puede observar a la rana de Darwin, una rana hojiforme de color verde intenso. No hubo suerte para nosotrxs.
Ya de regreso en Castro, Borja accedió a afeitarse y a acicalarse en una barbería. Tras un agradable paseo viendo los palafitos (casas al borde del agua con columnas de madera como estructura soporte) y mercados de lana chilota, fuimos a cenar pichanga a un sitio peculiar con decoración extravagante. La pichanga es un plato típico chileno a base de patatas fritas, palta (aguacate), salchichas, huevo duro, chorizo, tomate natural, chancho (cerdo) y salsas.
Por recomendación local y amiga, fuimos a la mañana siguiente a la isla de Quinchao a ver Achao, un pueblecito chilote con otra iglesia patrimonial. Las iglesias patrimoniales conservan la arquitectura chilota y son de planta y distribución jesuíta.

A la vuelta de la isla paramos en Dalcahué que es el pueblo portuario de conexión con la isla. Allí nos sumergimos en los mercados de lana y Cris se compró unas orejeras de lana chilota. Siguiente y último destino, Quellón.
Quellón es la ciudad en la que se coge el ferry para ir a Chaitén y volver a la península. Nos quedamos en un camping adorable regentado por una señora más adorable aún. El camping de Doña Tere. Nos calentó los milcaos (pan típico chilote a base de patatas no de trigo) en horno de leña, nos preparó un jugo calentito a base de ciruelas recién cortadas de su jardín y nos amenizó la velada a los mochileros que andábamos por allí. Un cierre de jornada rutera sin duda muy entrañable.