14.01.2020-16.01.2020
Amanecemos en Te Anau Lakeview Resort y vamos a coger la carretera a Milford Sound. El día nos sonríe pues se ha despertado totalmente despejado. La carretera de Milford es famosa por recorrer sitios muy idílicos y un valle que hace muchos años fue transformado por un glaciar, Eglinton Valley. Pasamos también por los Mirror lakes o lagos espejo que reflejan las montañas a sus espaldas.

Al final de la Te Anau-Milford Highway se encuentra Milford Sound. Aquí se puede coger un crucero que te lleve por el fiordo durante 2 horas y que cuesta unos 90$ neozelandeses. Nosotrxs no pudimos cogerlo porque no nos daba tiempo así que decidimos hacer las pequeñas rutas que hay alrededor.

Al siguiente día era el cumpleaños de Borja y decidimos hacer algo especial. Primero pasamos por Arrowtown, un pueblecito de la llamada Gold Rush o fiebre del oro que se dió en el siglo XIX y que mantiene la apariencia de tal época. Además y como somos así de frikis, pasamos por el vado de Bruinen (en este mismo pueblo) en el que se rodaron algunas escenas del Señor de los Anillos.

Por el camino pasamos por el Lago Hawea con unas vistas impresionantes. Comimos con un ciclista que llevaba más de 10000km en sus piernas pues venía desde Brasil y había recorrido gran parte de Europa acabando luego en Turquía y volando hasta Nueva Zelanda. Nos apenó mucho escuchar de él que era ingeniero forestal y que se tuvo que ir de Brasil por las medidas que estaba tomando Bolsonaro en temas de medioambiente. Nos encantó el espíritu de esta alma errante, te levantas un día sin trabajo y decides irte a cumplir uno de tus sueños.

Por el camino paramos en Fantail Falls. Vimos cómo un hombre pasaba a través del río, bastante frío por cierto, con pantalones y zapatos. Nos reímos un rato porque no lo esperábamos y nosotros pensando en atravesarlo sin botas y remangándonos los pantalones.

Siguiente parada, Monro Beach. Esta playa es conocida por los pingüinos de cresta amarilla. Vienen a estas costas a criar a sus polluelos pero nosotrxs no tuvimos suerte. Al menos nos quedamos con las vistas.

Al llegar a Fox Glacier vimos que había un camino cerrado y ya era demasiado tarde para ver Franz Josef Glacier así que Cris se invitó a unas hamburguesas en The Landing por el día especial. Estaban buenísimas la verdad y de postre la posiblemente mejor tarta de queso que hayamos comido nunca.

Como el día anterior se hizo largo y no pudimos llegar a los glaciares, hoy tocaba patearlos. Primero fuimos a Franz Josef y bueno, la verdad que el camino no llega mucho. Nos esperábamos otra cosa y el tiempo no acompañó ese día. Aún así aquí tenéis la foto que llegamos a hacer.

Con Fox Glacier tuvimos mejor suerte, se ve mejor aunque también desde bastante lejos. De hecho hay gente que contrata viajes en helicóptero para poder verlo en toda su extensión. La ruta hasta Fox ida y vuelta son unas 2 horas. Primero llegas al viewpoint y luego hasta el valle por el Riverwalk.

Habiendo estado en el glaciar de Athabasca en Canadá la verdad que nos esperábamos más pero aún así son majestuosos.
Por la tarde fuimos a Okarito. Es un pueblecito muy interesante con un lago aire muy bucólico. Tiene una ruta hasta un mirador en el que se pueden observar tres maravillas: los alpes neozelandeses (el Monte Cook y sus hermanxs), el lago Okarito y el mar de Tasmania. El camino se llama Okarito Trig y si se tiene suerte se pueden avistar Kiwis Rowi, una especie de esta zona en especial. Por desgracia ninguno salió a nuestro encuentro.

El último día llega a su fin con una de los acontecimientos más formidables que hemos visto nunca. En Hokitika son famosxs el jade verde o pounamu como lo llamaban los antiguos maorís y la hondonada o valle de los gusanos de luz (Glowworm Dell). Las tallas en jade verde para hacer esculturas o bisutería son asombrosas pero no están al alcance de todos. Algunas obras pueden llegar a los 10000$.
Al grano, los Glow Worms son una auténtica maravilla. Son larvas de mosca que emiten luz propia cuando cae la noche. Cuando se entra en el pequeño valle –que más que eso diríamos que es casi como una cueva– se empiezan a discernir pequeños puntos en las paredes llenas de vegetación, como si se tratara de un pequeño cosmos a nuestro alrededor. Eran como constelaciones que se agolpan unas con otras y dan sentido a las líneas que nuestros ojos apenas podían distinguir. Una auténtica maravilla. Conseguimos algo de material gráfico para describirlo mejor pero con el móvil es imposible. Con la noche totalmente cerrada es difícil que la luz entre por el objetivo. Si tenemos acceso algún día para subir las fotos de la cámara la incluiremos aquí.
Nada más y nada menos.